
Detectar las autolesiones en adolescentes desde el Trabajo Social
Te explicamos cómo poder detectar las autolesiones en adolescentes y cómo intervenir en Trabajo Social.
Las autolesiones durante la adolescencia constituyen una realidad compleja que requiere una mirada que vaya más allá de la conducta visible. Cuando un o una adolescente se hace daño deliberadamente, detrás pueden existir dificultades para gestionar emociones, conflictos familiares, situaciones de violencia, aislamiento social, acoso escolar, experiencias traumáticas, dificultades relacionales o un intenso malestar emocional.
Para el Trabajo Social, comprender estas conductas implica no reducir el problema únicamente a una cuestión individual o de salud mental, sino analizar a la persona dentro de su contexto familiar, educativo, comunitario y social.
Además, es fundamental desterrar algunas ideas preconcebidas. Una autolesión no debería interpretarse simplemente como una forma de «llamar la atención». Puede constituir una manera de expresar un sufrimiento que la persona adolescente no consigue comunicar de otra forma.
La Asociación Española de Pediatría insiste precisamente en esta cuestión: ante estas conductas debemos entender que existe una necesidad de ayuda y acompañamiento.
Autolesiones VS Suicidio: conceptos claves
Aunque pueden estar relacionadas, autolesión y conducta suicida no significan necesariamente lo mismo.
Las autolesiones no suicidas hacen referencia a comportamientos mediante los cuales una persona se provoca deliberadamente daño físico sin que exista necesariamente una intención de morir. Pueden aparecer como una estrategia para afrontar emociones difíciles, reducir momentáneamente la angustia, expresar sufrimiento o recuperar cierta sensación de control.
Por el contrario, hablamos de conducta suicida cuando aparecen pensamientos, comunicaciones o comportamientos relacionados con la intención de acabar con la propia vida. Por tanto, una persona adolescente puede autolesionarse sin querer morir.
Sin embargo, esta distinción no significa que debamos restar importancia a las autolesiones. La evidencia señala que pueden incrementar el riesgo de aparición posterior de ideación o conducta suicida, especialmente cuando dejan de resultar efectivas como estrategia para afrontar el malestar o se produce una situación de crisis.
Por ello, desde el Trabajo Social debemos evitar dos errores: considerar automáticamente toda autolesión como un intento de suicidio o, en el extremo contrario, minimizarla porque no exista intención suicida aparente.
Cada situación requiere una valoración individualizada y multidisciplinar.
También resulta importante comprender la función que está cumpliendo esa conducta. En ocasiones, las autolesiones pueden funcionar como una estrategia desadaptativa de regulación emocional: ante sentimientos que la persona percibe como insoportables, el daño físico puede producir temporalmente una reducción del malestar. El problema es que esta estrategia no resuelve aquello que está generando el sufrimiento y puede terminar consolidándose como mecanismo de afrontamiento.
La pregunta profesional, por tanto, no debería limitarse a:
«¿Por qué te has hecho esto?»
También necesitamos preguntarnos:
«¿Qué está ocurriendo en la vida de esta persona para que hacerse daño se haya convertido en una forma de gestionar su sufrimiento?»
Esta segunda pregunta conecta directamente con la mirada social.
Señales de aviso
Detectar una situación de autolesiones no siempre resulta sencillo. Algunas personas adolescentes intentan ocultarlas por miedo, vergüenza, culpa o temor a las posibles reacciones de las personas adultas.
Por ello, la detección no debe centrarse exclusivamente en encontrar lesiones físicas. Es importante observar cambios significativos en diferentes ámbitos de la vida de la persona adolescente.
Entre las señales que pueden requerir una mayor atención encontramos:
- Aparición frecuente de cortes, quemaduras, arañazos, hematomas u otras lesiones difíciles de explicar.
- Uso continuado de ropa que cubre determinadas zonas corporales, incluso cuando las condiciones ambientales no parecen justificarlo.
- Cambios bruscos en el comportamiento o en el estado emocional.
- Aislamiento respecto al grupo de iguales, familia u otras figuras significativas.
- Abandono de actividades que anteriormente generaban interés o bienestar.
- Descenso significativo del rendimiento académico o absentismo escolar.
- Expresiones frecuentes de desesperanza, inutilidad, culpa o rechazo hacia una misma persona.
- Dificultades importantes en las relaciones familiares o sociales.
- Presencia de situaciones de bullying o ciberbullying.
- Cambios importantes en los patrones de sueño o alimentación.
- Consumo problemático de alcohol u otras sustancias.
- Publicaciones, búsquedas o contenidos digitales relacionados con autolesiones, desesperanza, muerte o suicidio.
- Regalar pertenencias significativas, despedirse de personas cercanas o realizar comentarios relacionados con desaparecer o no querer seguir viviendo.
Ninguna de estas señales, considerada aisladamente, permite concluir que existe una conducta autolesiva o suicida. Lo relevante es observar el conjunto de indicadores, su intensidad, frecuencia, duración y los cambios respecto al funcionamiento habitual de la persona adolescente.
Y ante la sospecha, preguntar puede ser necesario.
Existe todavía el mito de que hablar sobre suicidio con una persona adolescente puede «darle ideas». Este miedo puede provocar precisamente aquello que queremos evitar: que el sufrimiento permanezca oculto.
Una conversación respetuosa, directa y libre de juicios puede abrir una puerta para pedir ayuda.
El papel del Trabajo Social: prevención, intervención y actuación después
La intervención ante las autolesiones requiere necesariamente una respuesta interdisciplinar. Profesionales de Trabajo Social, Psicología, Psiquiatría, Pediatría, Atención Primaria, orientación educativa y otros servicios pueden necesitar coordinarse dependiendo de las características de cada situación.
La propia guía sobre evaluación y manejo de las autolesiones avalada por el Ministerio de Sanidad señala la importancia de facilitar la coordinación entre diferentes profesionales y niveles asistenciales.
Dentro de esta red, el Trabajo Social aporta una perspectiva especialmente relevante: comprender cómo los determinantes sociales, las relaciones y el entorno están influyendo en el bienestar de la persona adolescente.
Prevención: intervenir antes de que aparezca el problema
La prevención desde el Trabajo Social puede desarrollarse en centros educativos, servicios sociales, centros juveniles, asociaciones, recursos comunitarios y programas dirigidos a familias.
No debería limitarse a ofrecer información sobre las autolesiones. También debemos trabajar sobre aquellos elementos que pueden aumentar la protección social y emocional de adolescentes y jóvenes.
Esto supone promover habilidades emocionales y sociales, fortalecer redes de apoyo, generar espacios seguros de escucha, prevenir el acoso escolar y las diferentes formas de violencia, trabajar con las familias, combatir el estigma asociado a la salud mental y facilitar que adolescentes y jóvenes conozcan dónde y cómo pedir ayuda.
Pero prevenir también significa actuar sobre las condiciones sociales que generan sufrimiento.
La pobreza, la violencia, la discriminación, el racismo, la LGTBIfobia, los conflictos familiares, la soledad, la exclusión social o determinadas experiencias adversas pueden formar parte del contexto vital que debemos explorar.
Intervención: mirar más allá de la autolesión
Cuando detectamos una posible situación de autolesiones, nuestra intervención debe comenzar desde la escucha y no desde el juicio.
Frases como «¿cómo puedes hacerte esto?», «tienes que dejar de hacerlo» o «lo haces para llamar la atención» pueden aumentar la culpa y dificultar que la persona vuelva a pedir ayuda.
Desde Trabajo Social necesitamos crear un espacio donde pueda hablar de lo que está sucediendo y realizar una valoración social integral.
Esta valoración puede explorar diferentes dimensiones:
- Situación personal y emocional. Cómo está viviendo la persona adolescente su situación actual y qué acontecimientos significativos se han producido recientemente.
- Entorno familiar. Relaciones familiares, conflictos, capacidad de apoyo, estilos comunicativos, situaciones de violencia, sobrecarga o acontecimientos vitales relevantes.
- Entorno educativo. Rendimiento, absentismo, relaciones con iguales y profesorado, integración escolar y posibles situaciones de acoso.
- Red social y comunitaria. Personas significativas, amistades, actividades, espacios de participación y sentimiento de pertenencia.
- Entorno digital. Uso de redes sociales, exposición a contenidos relacionados con autolesiones, experiencias de ciberacoso o comunidades digitales que puedan reforzar determinadas conductas.
- Factores sociales. Situación económica familiar, vivienda, discriminación, migración, exclusión social, violencia u otras circunstancias que puedan incrementar la vulnerabilidad.
- Factores protectores. Personas de confianza, vínculos familiares positivos, amistades, actividades significativas, proyectos de futuro, recursos comunitarios y capacidad para solicitar ayuda.
El objetivo no es realizar desde Trabajo Social un diagnóstico clínico, sino identificar necesidades, riesgos, fortalezas y recursos y construir una respuesta coordinada.
Cuando existan indicadores de riesgo suicida, planificación, tentativa reciente o riesgo inmediato para la vida, la prioridad pasa a ser garantizar la seguridad y activar los recursos sanitarios y de emergencia correspondientes.
Actuación después: acompañar también tras la crisis
La intervención no termina cuando desaparece la situación inmediata de riesgo.
Después de una crisis autolesiva o suicida puede comenzar una etapa especialmente importante de acompañamiento y seguimiento.
Desde Trabajo Social podemos participar en la coordinación entre salud mental, servicios sociales, centro educativo y familia; realizar seguimiento de la situación social; trabajar sobre los factores que puedan haber contribuido al malestar; reforzar las redes de apoyo y favorecer progresivamente la recuperación de espacios educativos, familiares y comunitarios.
También debemos prestar atención al entorno.
Una situación grave de autolesión, un intento de suicidio o un suicidio consumado tiene impacto sobre familias, amistades, compañeros y compañeras, profesionales y comunidades educativas. La denominada postvención engloba precisamente las actuaciones desarrolladas después de una conducta suicida para acompañar a las personas afectadas, favorecer procesos de duelo saludables y prevenir nuevas situaciones de riesgo.
Formación homologada en Prevención del suicidio desde el Trabajo Social
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Etiqueta:adolescencia, Suicidio



